Hace cuarenta y cuatro años, el indulto de Velador en la plaza de toros de Las Ventas generó un profundo debate entre los aficionados, ya que muchos consideraban que el toro no había demostrado la bravura suficiente. En la actualidad, con que un toro embista con nobleza durante algunas tandas, suelen aparecer pañuelos de indulto entre los aficionados, incluso en casos inesperados.
En aquellos tiempos, el indulto era un evento excepcional que requería de una justificación sólida; hoy en día, se ha vuelto algo habitual dentro de los festejos taurinos. Este cambio no parece depender de los toros o de los presidentes, sino de la percepción de la excepcionalidad por parte del público.
Tan solo dos días después del mencionado indulto, la Corrida de la Prensa, que reunió a toreros como Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar con toros de Victorino Martín, fue catalogada como «la corrida del siglo». Sin embargo, parece que la valoración de las corridas ha cambiado, dejando en evidencia el entusiasmo de algunos profesionales que se dejan llevar por la festividad taurina.
Ayer, la plaza volvió a colgar el cartel de «No hay billetes». El Puerto se transformó en un punto de encuentro para los aficionados, que acudían más por reafirmar su fe en la tauromaquia que por cuestionarla. Esto explica por qué muchos de estos creyentes rara vez se van decepcionados.
En medio del fervor, hubo un momento de tensión cuando algunos pañuelos solicitaron el indulto del tercer toro, un animal dócil pero que carecía de la bravura necesaria. El presidente, sin embargo, se mantuvo firme y recordó que no todo toro dócil es excepcional, y que su función es resistir ante el entusiasmo desmedido del público.
Los toros de Núñez del Cuvillo destacaron por su comportamiento educado, lo que parece seducir a la tauromaquia contemporánea. Aunque la bravura es un elemento importante, la colaboración entre el toro y el torero es lo que realmente se busca en estos espectáculos.
Morante, por su parte, demostró una vez más su capacidad de emocionar al público, incluso en momentos simples. En contraste, el cronista se enfrenta al reto de distinguir lo extraordinario de lo magnífico, ya que el entusiasmo habitual del público puede hacer que se deprecie la excelencia de las actuaciones.
Roca Rey continuó sorprendiendo al colocarse en posiciones inesperadas, desafiando las normas y haciendo que el público sienta que el valor tiene diferentes dimensiones.